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Todos los fuego, el fuego

Juan Manuel Valdés


La figura de Néstor Kirchner seguirá recorriéndonos por todos los años venideros. Su impronta quedó plasmada en la primera década del siglo XXI como síntesis de fuerzas distintas que se encontraron en un punto impensado de la historia. Su repentina llegada, tan inesperada como imprescindible, siempre será parte del misterio que envuelve su liderazgo. ¿Cómo fue posible que aquel ignoto gobernador, de nombre tan remoto como impronunciable, fuera el único capaz de leer las demandas sociales y políticas de una sociedad desesperanzada, hundida en la cesación de esperanzas de una democracia que se revolcaba en incongruencias? ¿Cómo fue este hombre del 22% capaz de llenar de contenido la palabra política, vaciada y viciada durante décadas?

Néstor reconstruyó el pacto fundante de la democracia argentina. Al proclamarse “hijo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo” resignificó los valores de la institucionalidad, poniéndolos al servicio de reparar injusticias pasadas y presentes. Su apuesta por la integración latinoamericana  pone el país en sintonía con su pasado y futuro. Por último el apelar al regreso de la militancia política, recompone el lazo entre institucionalidad y pueblo, convirtiéndose en un puente entre la generación del '70 y los jóvenes del 20 de diciembre.

Kirchner logró ver más allá de lo que el común de la clase política comprendía durante la crisis del 2001. Si se rastrean sus intervenciones públicas anteriores a la campaña de 2003, se verá una gran insistencia en las críticas a la economía neoliberal. Es claro que no a menudo necesitaba recurrir a una retórica nacionalista ni mucho menos radicalizada para demostrar que sus puntos de vista eran correctos, sino a la argumentación pragmática. Y es que allí anida una de las grandes controversias respecto al sentido del kirchnerismo. Quienes lo denostan solo ven reacomodamientos pragmáticos con imposturas combativas, desde el cual legitimar un gobierno surgido en plena agitación social. Así, el kirchnerismo no sería fruto de una visión transformadora de la política, sino de las necesidades contingentes y la avidez de poder. Sin embargo, las transformaciones producidas en la economía y la política argentina, la confluencia de quienes siempre habían luchado contra la impunidad y por la justicia, junto al despertar de toda una generación que vuelve a entusiasmarse con la participación en la cosa pública, llevan a pensar que hay algo más en este proyecto político.

Es que Kirchner siempre tensó la cuerda más de lo recomendable. Aunque no desechaba la negociación como parte de la acción política por excelencia, no fue él un perseguidor de comodidades. Allí donde los políticos contemporáneos a él avizoraban abismos, él encontraba horizontes desde los cuales reinventarse y reinventar también el significado de la política. Fue así como ante el escepticismo de todos, colmó su gobierno de medidas siquiera enunciadas previamente. También fue así cuando el manual de claudicaciones de los gobiernos precedentes ordenaba frenar ante el estorbo de los sectores concentrados, emprendió contra viento y mareas redoblando una apuesta tras otra.
Kirchner fue, por lo súbito, una ráfaga en la historia. Un rayo que atravesó el país completo sin avisar cómo, cuándo ni dónde. Algunos tardamos en comprenderlo, las ráfagas no suelen ser vistas a tiempo.

El fuego que lo impulsaba acabó por consumirlo antes de tiempo. Afortunadamente, dejó un legado que hoy puede verse en la conciencia del pueblo argentino y en la potencia de su sucesora y compañera, que nos convoca a seguir luchando por nuestras convicciones contra viento y marea.



FUENTE:http://identidadcolectiva.com.ar/

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