Insignia de Facebook

“Amo tanto a la política como a la literatura, pero soy fundamentalmente un escritor”

Hablamos con Gonzalo Unamuno, escritor y militante político, sobre narrativa y poesía, lirismo y realismo, política y militancia.

Por Daniela Camozzi



¿Cómo se armó la movida de la Nueva Narrativa Argentina, porqué no hay poesía en esa idea de la novedad en nuestra literatura? Vos escribís poesía además de prosa.

GU Dicho así suena ahora como una cosa medio nazi, ¿no? Creo que fue un recorte que se pensó para darle forma al proyecto y para su difusión. Lo que tiene de bueno la poesía es que es mucho más militante que la narrativa: el poeta, como ya de antemano abraza una causa perdida, crea una camaradería. Ya que estamos todos muertos de hambre, hagamos una peña, una performance, un ciclo.

Lo que pasa con las lecturas.

GU La poesía es la que siempre llega primero a todo. Es la que primero transgrede. Y los narradores, curiosos, van a buscar material donde están los poetas, que son los primeros en defender cosas que hoy ya son bandera. Como la homosexualidad, o los primeros en denunciar algunos tipos de violencia. La poesía siempre estuvo a la vanguardia. La gente busca en general leer cuentos, que le cuenten una historia. Está esto de que la poesía “no se entiende”. Cuando en verdad no se le tiene paciencia. Hay que tenerle paciencia a la poesía.

Algo enigmático tendría la poesía, algo oculto que debería “entenderse”.

GU Y también hay una situación de leer poesía. A mí la poesía me hace relativizar todo. Tenés un problema, leés un poema, y decís: “ah no, pero Los Problemas son otros”. En cambio con una novela, un cuento, comiste, miraste un poco de tele, apagás y te vas a dormir, te leés un capítulo, y ya está. Todo esto si uno no tiene a la literatura como algo de primer orden en su vida. Yo puedo leer tres novelas en una semana, que no disfruto porque me pongo celoso del tipo, me pongo a ver cómo le afano... El que hizo una mecánica de la lectura, está más jodido.

Hay algo interesante en esto de un poeta que también escribe prosa. ¿Podría decirse que la mejor prosa es la que es también muy rítmica, la que tiene un juego con el lenguaje?

GU Yo creo que eso se está desarmando un poco ahora, se trata de que todo sea lo menos parecido a la literatura, que no esté todo tan pulido. Hay un trabajo hacia esto que podría llamarse un megarealismo.

¿Y ahí estaría lo del “nuevo realismo”, esto de la “nueva narrativa” vendría por ahí?

GU No me animo a decir tanto, creo que no estamos en momento de definirnos. Estamos, ahora, en trabajar, y trabajar en serio. El otro día hablaba en el programa de radio que hago con Enzo Maqueira, con una amiga escritora que me decía que solo puede escribir microrelatos, porque si excede esa extensión, deja de ser sincera. Pero escribir es básicamente chamuyar, si estás escribiendo, estás mintiendo.

Te referís a una suerte de retórica que hay en todas las cosas, una especie de pacto.

GU Claro, vos sabés que hay una puesta de escena, un bolazo, eso te entretiene. Pero tiene que ser una mentira bien hecha. Hoy lo que se busca es acortar mucho la frase, despojarla. El escritor español Javier Cercas dice que las oraciones deben estar construidas de tal forma que no parezcan literatura.

Habría que ver si una prosa de otro tipo, no puede lograr ese efecto también.

GU Sí, claro, yo veo que hoy nos alejamos del barroco. Y hay un acorte en todos los aspectos, por el ritmo en que vivimos… Recuerdo algo que me pidió mi viejo cuando él estaba en el Archivo General de la Nación y yo trabajaba en la Legislatura. Me mandó a la Biblioteca, para que escanease las versiones taquigráficas de las intervenciones de su padre, que fue diputado en 1936. Ahí vi que las versiones taquigráficas de esos años eran libros enormes. Y pude ver cómo se van acortando y acortando a medida que pasan los años.

Y no son discursos escritos. En lo oral también pasa esto.

GU Estaban 48 horas sin dormir, discutiendo por ejemplo, si ponerle o no el nombre de un socialista a una calle, a un pasaje de Flores. Hoy, todo eso está completamente abreviado. En la literatura pasa lo mismo. Te dicen: pibe, breve. Hoy todo es veloz. ¿Quién sinceramente hoy se pone a leer un libro de 600 o 700 páginas?

Sería la tensión entre la tradición y lo que se hace ahora. Hay un diálogo, que aunque no se quiera hacer explícito, existe.

GU Sí, y por supuesto estamos hablando de la generalidad de lo que se publica hoy, de la obra de gente de mi edad, de veinte y treinta, publicada de cinco años a esta parte. Lo que no quita que no haya grandes escritores que siguen publicando grandes obras. Pablo Ramos, por ejemplo, con La ley de la ferocidad, que es un librazo de más de 300 páginas, los libros de Pedro Mairal. Los libros de Elsa Drucaroff, que son de largo aliento también.

Y más allá de la extensión de la obra, que tiene que ver con la duración de la experiencia estética, me gustaría saber si pensás que los escritores jóvenes siguen teniendo una fuerte confianza en la palabra escrita, o hay mucho de pastiche posmoderno, de collage? ¿Pensás que todavía se puede decir algo, algo nuevo?

GU ¡Por supuesto! Si no, estaríamos terminados como especie. Sentir eso sería de una gravedad enorme. Tenemos la obligación de decir. Nuestro oficio es trabajar con la herramienta con la que el mundo se comunica: somos profesionales de algo que es común a todos. Y nunca va a dejar de tener valor. Luego se verá qué mayor o menor valor tiene lo que cada uno escribe.

Esto del valor pasaría por la eficacia para contar una historia, y volviendo un poco a lo que hablábamos antes, ¿pasaría también por apelar además a cierta lírica, a cierto lirismo, palabra tan bastardeada, o digamos con lo ligado a la emoción, que casi inevitablemente se termina poniendo en juego en la literatura?

GU Hace poco estuve en Mar del Plata, en el Festival Azabache, y ahí me tocó hablar de las ciudades y los escritores. Dije algo que tiene que ver con lo que estamos hablando: los escritores han hecho más bellas a sus ciudades.  La Praga de Kafka, el San Petersburgo de Dostoievski, la París y la Buenos Aires de Cortázar, o el Buenos Aires de Borges, de Arlt, son embellecidas por el lirismo de un escritor. Son en un punto creadas por ellos. Y vos después en esa ciudad te encontrás acompañado por ese escritor. Al visitar Lisboa, vas a la Lisboa de Pessoa. A mí, su lirismo, su capacidad para transmitir emociones, opiniones, ideas, a través de la palabra, me hizo llegar a un lugar que estoy seguro que quien fue a Lisboa solo, sin haber leído a Pessoa, se perdió.

Lo que no quita que cada época tenga que entender qué es el lirismo a su manera, o que no deba cuestionar cosas como el exceso de sentimentalismo. Como con lo cursi, hay algo auténtico ahí, algo que no puede ser dicho de otro modo. Hay quien tiene miedo quizá, a entregarse a ese modo de decir.

GU A mí me encanta lo cursi. Y si tenés miedo, no sirve. Esto me lleva a lo que hablamos al principio, de si yo era un poeta metido a narrador. Yo me di cuenta, escribiendo poesía, a medida que avanzaba en la escritura, de que había una parte mía que estaba totalmente anulada porque no la sabía trabajar en la poesía. En la poesía pulo la imagen, concentro lo que quiero decir. Pero hay otra parte de agresividad, de discursividad, que no podía llevar a la poesía. Entonces, le tuve que perder el miedo a esa faceta mía. Y qué pasa, a mí me gusta más mi poesía, pero para mí no deja de tener un valor, una significación lo que hago como narrador, porque por ahí está la búsqueda de lo que quiero hacer. A mí me gusta construir una obra y soy un defensor de las obras que transpiran, que tienen errores. Hay escritores a los que no puedo volver porque solo me ofrecen algo en lo que eran perfectos. Ese tipo en determinado momento me gusta, me sirve, pero después me es insuficiente.

Te interesa una literatura que conserva las marcas de su proceso.

GU No digo que no hay que corregir, digo que a mí me gusta cuando un tipo se sale un poco de esos lugares donde está cómodo. Porque hay que arriesgar algo para salirse de lo que uno siente que hace bien, o que controla. Me imagino que de acá a muchos años, cuando tenga una obra construida, un lector se encontrará con cuentos, con algunos que no eran tan buenos pero con uno que sobresalió, con poemas, con ensayos. Quiero ofrecer una obra que dé un abanico de opciones, y no solo estar en el lugar donde estoy cómodo.

¿Desde qué momento te sentiste escritor? ¿Es algo que te condiciona, o ser joven y estar empezando te da una cierta libertad y estás despojado de la etiqueta?

GU Es un doble juego, vos te creés más libre, pero esa libertad está basada en que no vas a cambiar un carajo. Sería la libertad del anonimato. Pero uno como escritor necesita la recepción. Uno escribe para uno mismo hasta el momento de la publicación. En principio escribimos por una necesidad propia, sin pretensión de fama. Ahora después, al publicar, uno pretende que los 200, 400, o la cantidad de ejemplares que sea, le lleguen a alguien que los lea y los comente.

Es el momento en que das algo al mundo, en que lo ponés a circular.

GU Y ahí las cosas empiezan a tener su propio movimiento, y te empiezan a llegar devoluciones inesperadas, como que en Portugal alguien escriba un ensayo sobre un cuento mío, por ejemplo, o que en un hostel de Colombia haya libros míos que recién allí sean leídos por argentinos.

¿Hablamos un poco sobre literatura y política, escritura y militancia, sus vinculaciones, sus interacciones?

GU No me gusta el escritor alcahuete, ese tipo que no dice siempre lo que piensa, o el que tergiversa. No creo que el escritor tenga que salir siempre a denunciar. Esto es una opción personal. Forster por ejemplo, que ahora es candidato. Yo no creo que el tipo sea un chupamedias, porque está en un espacio con el que acuerda. Pero el día que deje de pensar así, tiene que salir y denunciar.

No es que viene primero el cargo y después la obra. Hay una coherencia de vida y obra, del quehacer, y ahí entra también el pensamiento político
 
GU Si bien específicamente en lo que es ficción, pienso que hay que diferenciar. Escribir es un oficio solitario. Y de alguna manera, hay una disconformidad del escritor respecto del mundo que lo rodea. Por eso es un oficio que tiene una libertad extraordinaria, quizá como ningún otro. Cuando me preguntan por qué soy escritor, respondo que tengo un tema de ego no resuelto, y que necesito jugar a ser Dios. Y necesito, para jugar ese juego, la impunidad de la hoja en blanco. Pero en la política vos sos esclavo de una realidad, es otra cosa. Cuando escribís, es cuando más libre sos. Hago lo que quiero ahí. Algo que en política es totalmente imposible.

Por el condicionamiento de la cuestión real... Es una manera de verlo. Si bien se podría decir que alguien que aborda una participación en la política, tiene también una inconformidad con el mundo y con el estado de cosas en el mundo.

GU Vos te acercás a la práctica política porque querés cambiar una realidad que sentís injusta. El escritor comprometido, ¿qué hace? Hace un mundo a su semejanza, quizá escribe una novela donde tematiza la pobreza. Pero sigue siendo un solitario. Es otra clase de compromiso. Ahora bien, la política, y sobre todo el kirchnerismo, han activado todas las expresiones artísticas, muchísimo, mucho más, para mí, que el primer peronismo. Y estos nos llega a todos.

Es tal el nivel de apertura y de transformación, que, incluso los que interpelan al kirchnerismo, lo hace en el marco de esa apertura de posibilidades.

GU Sería esto de la década ganada, que le permite incluso al que está en otra postura expresarse de determinada manera en ese otro lugar. Y esto de la calle ganada también. La gente sale a la calle. Hay cosas del mundo que, por supuesto, como el fenómeno de los blogs y las redes sociales, surgen simultáneamente con el kirchnerismo y que están por fuera de él. Son herramientas que permiten que alguien que nunca se pensó como escritor, pueda tener acceso a la divulgación de lo que escribe. Un canal de expresión que tiene un pliegue más que le da la militancia. Y con la recuperación de la calle y con la participación virtual, se da también la revaloración de los símbolos.

Como el término Unidad Básica, que está totalmente puesto en valor hoy. Y en esto hay algo de paralelo con la literatura.  Esto que pasa con las palabras en la literatura, que recuperan su brillo.

GU Al político puro le molesta el intelectual que va con el librito abajo del brazo, le hincha las pelotas el tipo “que no se embarra”. Y, al escritor, el político le parece una persona chocante, brusca. En algún punto existe una relación de admiración-desprecio: una fascinación. Porque son disciplinas que creen que están transformando realidades demasiado importantes. Yo soy primeramente escritor, antes que político. Amo tanto a la política como a la literatura, pero soy fundamentalmente un escritor. Y hay otra cosa que es muy importante: un escritor puede ser un asesino serial y ser un gran escritor. Y acá volvemos a lo que tiene de juego la literatura. Hay una confusión para mí que se ve mucho en los cuestionamientos a Borges, cuando se mezcla la crítica a su persona o su pensamiento o ideología con la grandeza de su obra. Hay una imposibilidad de separar el arte de su enunciador.

No es tan fácil de separar. La obra viene acompañada de un dispositivo de autor.

GU Pero a la larga solo sobrevive la obra. El autor tiene el problema de que tiene que convivir con sus contemporáneos.

Esto nos lleva al tema del olvido y de los cánones. ¿Quién determina qué se olvida y qué no a lo largo del tiempo, qué reflota y que se hunde? ¿La academia, los talleres, los suplementos culturales, todo eso junto?

GU Cada generación modifica y revisa, recrea y reinterpreta. Esto mismo pasa en política: uno de los logros más importantes del primer peronismo fue la nacionalización de los ferrocarriles, todas esas vías tendidas a lo largo de la Argentina, trabajo, vida para los pueblos, federalismo. Y cuando se hace esto, a la hora de elegir los nombres para las líneas ferroviarias, se les pone Roca, Sarmiento, Mitre, Urquiza. Y ahora todo esto está en revisión y en cuestión. Hay otros nombres que aparecen, como Rosas. Mi padre en 1973 ya le había puesto Rosas a la calle Monroe, algo que por supuesto en 1976 los milicos anulan.

Así  hace la juventud hoy en su militancia, toma y resignifica símbolos y tradiciones. Ni hablar de la grieta de dolor que es la dictadura de 1976 y cómo se elabora ese horror. Y en la creación de una obra literaria hoy, qué peso tiene esa elaboración, más allá de que se haga o no alguna referencia explícita, eso igual está ahí.

GU Se castró una generación.

Qué se hace con esa tierra arrasada, con eso tan insoslayable.


GU Si no hubiese sido por Kirchner, seguiríamos a merced de la teoría de los dos demonios, eso tan terrible que se ha dicho de “argentinos matando argentinos”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario